Ofrendas a la diosa de la vida

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Culto a la Gran Diosa Madre del amor y la fecundidad

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Descripción

Los dejaban acurrucados, encogidos en posición fetal, quizá porque pensaban que volverían a nacer del vientre de la tierra

El culto y las ofrendas a la diosa de la vida, la Madre Tierra, es muy antiguo. Hace más de 3.000 años, los pueblos de la cultura del Argar, enterraban a hombres, mujeres y niños en vasijas de barro como ésta. Los dejaban acurrucados, encogidos en posición fetal, quizá porque pensaban que volverían a nacer del vientre de la tierra. Porque para aquellos hombres primitivos, la tierra era la madre de donde procedían. La que los alimentaba durante la vida y los acogía después de la muerte.

El clima cálido y la fertilidad de estas tierras permitieron el asentamiento de un nuevo pueblo: los iberos bastetanos.  Según creen los arqueólogos, ocuparon las provincias de Granada, Murcia y Albacete.

Como en todas las culturas antiguas, la alfarería debió tener una especial importancia en el mundo ibérico. A través de la cerámica, con sus diferentes temas y estilos, podemos conocer hoy algunos aspectos de sus creencias y el tipo de sociedad en la que vivieron. Las formas de las piezas elaboradas,  varían según el uso al que eran destinadas.

Los íberos utilizaban exvotos como ofrendas a su Gran Diosa Madre para que les concediese sus peticiones y súplicas

Los iberos poseían una rica vida espiritual, influida por sus creencias sobre la muerte y la existencia del más allá. Entre sus dioses, a los que rendían culto, la más importante fue una deidad femenina muy extendida por todo el Mediterráneo. Era la Gran Diosa Madre del amor y la fecundidad. 

Los exvotos son figuras de jinetes, guerreros o animales realizadas por los iberos como ofrenda a su Gran Diosa Madre. Las depositaban en los santuarios para que les concediese sus  peticiones y súplicas.

Del mismo modo que lo hacen hoy los peregrinos que acuden al Santuario de la Virgen de la Esperanza. Aquí dejan sus exvotos como ofrenda para que un deseo se cumpla o una enfermedad se cure. Quizá, a pesar del tiempo transcurrido, la diferencia espiritual no sea tanta entre el mundo ibérico y el nuestro.

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