El consumidor “feliz”

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«La satisfacción ilimitada de los deseos no produce bienestar, no es el camino de la felicidad ni aun del placer máximo». (ERICH FROMM)

 

En esta sociedad de libre mercado regida por la esclavitud del dinero, no vivimos ni nos alimentamos de forma saludable, ni ejercemos un control sobre un sector esencial como la alimentación. Vivimos inmersos en un modelo social donde reina la contaminación de sustancias tóxicas en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en los alimentos que ingerimos, en los productos de higiene y cosmética que utilizamos, la ropa que nos ponemos, en las casas que habitamos (pinturas, barnices, mobiliario,…) o la contaminación por las radiaciones electromagnéticas (líneas de alta tensión, transformadores, móviles, wi-fi, electrodomésticos, etc.). Y con toda esta contaminación, el ruido continuo, el estrés y una vida insatisfactoria, aumenta el número de gente enferma, la salud mental se deteriora y crece de forma alarmante la dependencia mundial de fármacos antidepresivos.

Sin embargo, en lugar de participar activamente como miembros de la comunidad en la búsqueda de soluciones a todos estos problemas, nos empeñamos en mirar hacia otro lado e ignorar la realidad social de la que somos cómplices y víctimas a la vez. Así que no será ninguna sorpresa que este artículo sólo lo lea una exigua minoría. La falta de reacción y respuesta ante los graves problemas sociales es ya una respuesta. La peor de todas las respuestas. La pasividad es una forma de complicidad.

Aislados en nuestros reductos individuales, actuamos de forma inconsciente y sólo respondemos a los impulsos, tal y como se nos ha enseñado. Ni siquiera somos conscientes de nuestra inconsciencia. No examinamos con atención nuestro propio pensamiento, nuestro mecanismo de pensar, de investigar nuestros propios razonamientos o, mejor, opiniones. Investigarlo con suma atención es una cualidad básica para aprender. No nos cuestionamos las cosas, estamos llenos de creencias y solemos carecer de convicciones. Oímos, pero rara vez escuchamos o reflexionamos.

Y es que en las naciones llamadas desarrolladas son legión los consumidores frente a una reducida minoría de quienes aún actúan de un modo consciente y crítico. Mientras esta minoría trata de conocer y ser consciente del mundo en el que vive inmersa, el consumidor sólo busca el consumo de cosas y cree en los mensajes que transmiten los medios o la publicidad. Es un ser moralmente imbécil que es justo lo contrario de tener conciencia. Y para curarse o prevenir la imbecilidad moral, entre otras cosas, hay que ser consciente de uno mismo y de su entorno, dejar de buscar coartadas que disimulen que somos libres y, por tanto, responsables de las consecuencias de nuestros actos.

¿Comprar cosas nos hace más felices?

La felicidad nos espera en algún sitio, a condición de que no vayamos a buscarla. VOLTAIRE

En esta sociedad del tener, la incitación permanente al consumo nos ha imbuido la idea de que para comprar productos lo importante no es pensar sino tener dinero. Muchos mensajes publicitarios tienen por objeto transmitir la idea de que no hay alegría sin comprar este o aquel producto. Y esto es así hasta el punto que, al parecer, la mayoría de la gente ya no puede divertirse sin dinero. Como el dinero permite satisfacer nuestro deseo de poseer y consumir cosas, creemos que ser felices es consumir indiscriminadamente. Por eso nos dicen que el dinero ayuda a ser feliz. Pero, ¿realmente comprar cosas nos hace más felices?

La felicidad que es un concepto individual y subjetivo, ha dejado de ser un ideal ético y desde el siglo XX se le otorga una importancia excesiva, cuyo reflejo podemos observar en la publicidad. Tras hacer profesión de fe de los mensajes publicitarios, es masivo el número de personas cuya búsqueda de la felicidad tiene lugar en el interior de los grandes almacenes o de un coche. Pero al no encontrarla conduciendo con aire climatizado, ni tampoco en la moda de primavera, siguen buscando con mayor ansiedad en la moda de verano, en la de otoño,… o en las rebajas, mientras malgastan su dinero. Y así, por la efímera ráfaga de placer que produce la compra de un objeto, convertimos nuestra existencia en una búsqueda permanente de cosas con la insatisfacción a cuestas, como caracoles que arrastran la cesta de la compra llena de objetos inútiles. En fin, que sigue sin estar claro si el secreto de la felicidad consiste en ser un imbécil total o en no serlo completamente.

El hecho es que estamos muy lejos de encontrar la felicidad vendiendo o comprando como principal entretenimiento de una vida acelerada y sierva del tiempo cronométrico. Lo cierto es que los problemas que afectan a nuestra salud mental en el mundo aumentan y los trastornos de ansiedad se han convertido en una epidemia que deteriora cada vez más nuestra salud. Una de las consecuencias es el crecimiento de la dependencia mundial de antidepresivos. Este es un trágico problema que no sólo afecta a las personas adultas. Es alarmante como aumenta la costumbre de recetar antidepresivos a niños y adolescentes, creando dependencia y enfermos crónicos desde una temprana edad.

España es uno de los países de mayor consumo de antidepresivos. Desde el año 2007 las consultas de los psicólogos y psiquiatras han aumentado en España, hasta el punto de que los trastornos mentales son la segunda causa de baja laboral. El consumo de antidepresivos también ha aumentado: se consumen 33 millones de unidades cada año. Esto significa un gasto para el sistema sanitario de siete mil millones de euros al año, que enriquece aún más a la industria farmacéutica. Un gasto tan innecesario como inútil, porque los antidepresivos son paliativos (no curan) y peligrosos para la salud.

Disfrutar con plenitud de la vida no consiste en acumular más y más cosas, sino en disfrutar de las que se tienen. Quien vive atribulado por el miedo a perder los bienes materiales acumulados difícilmente logrará ser feliz. De cualquier modo, este ansioso deseo de querer ser feliz no es más que uno de tantos espejismos de esta sociedad de consumo donde el temor a aburrirse impone la obligación de buscar diversiones externas para sustraerse de tan trágico problema. Todo con tal de evitar oír la voz interior.

Matar el aburrimiento para matar la propia vida

Pero lo único que conseguirá la continua búsqueda de actividades divertidas para matar el aburrimiento es acabar matando la propia vida. El aburrimiento se ha convertido en el peor azote de nuestras vidas. Cuando el ocioso todo lo define en términos de diversión o de fastidioso aburrimiento, el problema es realmente grave ya que mata la vida con lo que esta conlleva de riesgo y mérito. En su libro Pensamientos, Pascal dice que lo único que nos consuela de nuestras miserias es la diversión, que a su vez es la más grande de nuestras miserias. Porque nos impide pensar en nosotros y hace que nos perdamos sin sentido. A falta de la diversión nos aburriríamos y el aburrimiento nos impulsaría a encontrar un medio más sólido de evitarlo. Pero la diversión nos engaña y nos va llevando, sin percibirlo, hacia la muerte.

El ocioso tiene miedo a la soledad, a enfrentarse al hecho de que su vida está totalmente vacía y nada más. Y es el miedo a encontrarse de frente con ese vacío el que hace que los ociosos se junten unos con otros formando masa o rebaño. El ser humano pretende con el ocio divertirse, distraerse. Es decir, salir de sí mismo. Quienes conectan la radio, la televisión o ponen música de un modo mecánico sin prestar atención, lo hacen con el único fin de no escuchar el silencio y la posibilidad de pensar en él. No caen en la cuenta de que al huir del silencio lo que logran es perderse a sí mismos. La personalidad y el temple se forja mediante el esfuerzo continuado, en la concentración, en la soledad,… Sin embargo, ninguna de ellas son consideradas hoy divertidas. Y así nos va.

¿Nuestra vida interior es un conflicto?

Acertó Jaime Balmes al decir que el ser humano prefiere la vista de un objeto cualquiera a la de su propio corazón, aquí descubrimos cosas que no queremos conocer, oímos palabras que no deseamos escuchar,… Pendientes de la apariencia exterior, no queremos verdaderamente conocernos. No queremos desprendernos de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Seguramente porque tenemos miedo de ver lo que hay en nuestro interior. Y si no nos vemos como realmente somos, no podemos ser capaces de respetarnos, de comprendernos, de amarnos de verdad. Por eso nuestra vida interior es un conflicto, entre la imagen que tenemos de nosotros y cómo somos en realidad. Y cuando hay conflicto dentro de uno mismo, proyectamos el conflicto hacia el exterior. Al ocultar nuestras carencias y debilidades, nos volvemos despiadados con las carencias y debilidades de los demás.

La incomprensión con uno mismo alimenta la incomprensión con los demás. Donde hay conflicto no puede existir equilibrio, ni verdadero amor, ni respeto, ni sensibilidad, ni afecto, hacia uno mismo y hacia los demás. Una mente que está en conflicto es una mente distorsionada, que no tiene la menor posibilidad de ver con transparencia la realidad de las cosas. Si no podemos razonar con claridad, con sensatez, no podemos tener una mente clara.

La comparación hiere profundamente

Nuestro ser real apenas si aflora en el exterior. La mayor parte está oculta en nuestro interior, como un iceberg bajo la superficie del agua. Esa parte sumergida, oculta, secreta, inexplorada, nunca vista conscientemente, ¿puede ponerse totalmente al descubierto? Esa imagen es herida desde nuestra infancia. Es terrible la forma en que los seres humanos nos herimos unos a otros. En nuestra vida hay un proceso continuo de sentirse lastimado, resistir y construir corazas y muros alrededor de uno mismo. Somos lastimados desde la infancia cuando algún familiar nos dice “no eres tan bueno, listo o guapo como tu hermano”. Esta comparación hiere profundamente y es destructiva. Luego en la escuela nos comparan con otros por las notas, el nivel social,… La comparación sigue en el trabajo y la herida se hace más grande, más profunda.

Vemos a los demás como separados de nosotros mismos, cuando todos podemos ser uno si dejamos a un lado las comparaciones que nos llevan a estar enfrentados. Cuando uno compara o es comparado, se convierte en inferior o en superior. Se nos educa desde la infancia a medir, a comparar y sacar conclusiones de la comparación, lo que forma parte de nuestra herida. El daño permanece y se manifiesta después de formas diversas. Resistir, construir muros alrededor de si mismo o volverse insensible, es lo que suele hacer la mayoría de la gente. Pero la herida sigue siendo profunda en nuestro interior.

Si has sido capaz de leer hasta aquí, quizá te preguntes: ¿cómo se pueden eliminar esas heridas? Si no tengo medida alguna, si no me comparo con otra persona, no saco conclusiones (imágenes) entonces no me puedo sentir herido. Basta con ver una vez lo tremendamente simple, sutil, lo hermoso que esto es y se acabó con la herida. Socialmente se trata de ver lo que tenemos en común, en lugar de ver lo que nos diferencia individualmente.

Para conocernos tenemos que observarnos y mirar la vida con libertad. Observarnos y observar el mundo en el que vivimos con una mirada nueva, es decir, sin ninguna censura, sin ningún ideal, sin ningún deseo de reprimirla o cambiarla; solo tenemos que observarla tal como es en realidad. Pero si miramos desde una imagen, desde una conclusión, entonces no podremos vernos ni ver la vida o a la gente directamente como realmente es.

Jesús Agustín
Jesús Agustín

Es miembro de Vídeos Educa, donde comparte información y experiencias con todas aquellas personas que entienden la educación como una contribución al desarrollo de seres humanos libres. Trata de ayudar a desarrollar la habilidad y creatividad humanas, a conectar con nuestros talentos, aptitudes naturales e inclinaciones personales. Trata de ti (madre y padre, alumno y docente) y de temas que son importantes en nuestra vida, en la de nuestros hijos, amigos y vecinos, compañeros de trabajo y el planeta en el que vivimos.

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