Una mujer y un hombre
Tú lector, palpitas de vida y de orgullo y de amor como yo, para ti, pues, estos cantos. WALT WHITMAN
Un hombre y una mujer
en el deseo desnudo
de su profundo ser animal
ocupan su lugar de lujuria en la noche
y llenan las horas
con toda su memoria.
Entre luces de distancia
llegan las primeras sílabas del día
unos rostros de silencio
una carne desgraciada
un corazón de frágil luz
recorre la razón de la pasión
con el color del abandono.
¿Guardan bajo el párpado
un poco de ternura?
El deseo ansía su contrario.
Una mujer y un hombre
entre imágenes rotas
de suspiros y quimeras
con los sentimientos descalzos
y menguantes de la publicidad
reciben su comisión de amor
–se ayudan a fingir
cada sílaba respirada
de una vida sin sustancia
color de escaparate–
hilvanan ritos de moda
vierten sueños en la noche
construyen criptas de fango
para ocultar sus pesadillas
y los sicofantes de su felicidad.
Un hombre y una mujer
mezquinos a destajo
envilecidos hasta el agobio
desde su escuálida conciencia
del yo que habita el nosotros
sueñan en su oasis
sobreviven en su espejismo
gris, piadoso, infame
vulgar hasta la náusea.
Juntos ante tanta nada
su vida es un simulacro
de cuerpos sin presencia
compartiendo soledad
restos de miedo, expiación
y ganancia de la nada.
Una mujer y un hombre
en esa torre de espanto
que construyen, ajenos
diseminados, insolidarios
cada uno en su rincón
con la indiferencia del que ignora
quien roza su costado
detenidos en su paisaje
de temblores fugitivos
y de inviernos negociados
envejecen con sus odios
con su egoísmo posesivo
cocinados a fuego lento
y se desmoronan sin saberlo
en su oleaje de olvido.
Un hombre y una mujer
dormidos en la costumbre
en la inacción del deseo
respiran palabras soportadas
y con cada sílaba sin voz
se corrompen los minutos
en su agua estancada.
Pisándose las arrugas
guardan su distancia
las manos caídas
la voz arrasada
los ojos muertos
(desmoronándose
al borde del aliento
es enorme la tristeza
de sus pasos solitarios.)
Desamados, desolados
en su orfeón de silencio
ya nada los une
ni la pena ni el goce
ni siquiera un nombre
o un perdón de feria.
Una mujer y un hombre
(personajes extraños)
presos en su túnel de soledad
con el santo y seña de los solos
se miran como si recordaran
un beso
un abrazo
una esperanza.
Los calambres del tiempo
se agitan en sus cuerpos
vomitan sus olvidos, su desdén
de odios suspendidos
y con su cuota de rencores
cortan el cordón de la vida
sin compartir cansancios
ni sueños ni querencias.
Un hombre y una mujer
entre sombras inquietas
se elevan en la noche
convertida en sudario.
Sus voces, sus lágrimas
de rabia y odio
a nadie importan ni conmueven.
En esta hora cercana a la vigilia
se oye el último grito
del cuerpo sin alma
repican su consigna las campanas
el mundo del yo se persigna
sin llanto ni gloria en el que muere
boca con boca, hecho lumbre
se encoge peligrosamente enajenado
arrastra su egoísmo humeante
de incrustada hipocresía
y sin sentirse responsable
sin la dignidad final
en su malgastado semblante
el mundo del yo egoísta
desliza su cínico lamento
se despeña hacia el abismo
se desciñe y desahoga
en una epidemia de locura asesina
bañado en la sangre agolpada de la nada.
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