El falso principio: “Cuanto más tengo más soy”

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«Los consumidores modernos pueden identificarse con la fórmula siguiente: yo soy = lo que tengo y lo que consumo». ERICH FROMM

 

Foto: Maxmann. Pixabay

La sociedad actual regida por el sistema monetario tiene como pilares básicos de su existencia la propiedad privada, el lucro y el poder, con la omnímoda presencia del estado. Es cierto que el apego a la propiedad ha cambiado. Mientras que en el siglo XIX la gente compraba cosas para conservarlas, apreciaba sus propiedades, las cuidaba y utilizaba hasta el límite de su uso, a partir de la segunda Guerra Mundial en lugar de conservar se pone el acento en el consumo, en la compra de objetos para usarlos y tirarlos. La satisfacción y el placer que se tenía por hacer un producto de calidad, bien hecho que dure el mayor tiempo posible ha sido reemplazada por la producción en serie de productos de ínfima calidad. Su finalidad es que duren poco para que puedan ser reemplazados por otros aún peores si cabe. Bajo el lema de “usar y tirar” la sociedad produce y vive entre montañas de residuos tóxicos que envenenan nuestro cuerpo y contaminan el planeta.

Actitud egoísta: Poseer y no compartir

El consumismo esconde la escala de valores morales que se corresponden con el modo de existencia del tener, cuya naturaleza surge de la propiedad privada que es la característica esencial de esta sociedad, donde el principal interés no está en las personas sino en las cosas. La codicia y la ambición que entraña el modo de tener excluye a los otros, sometiendo a personas y cosas al poder de otro. La actual estructura social de base monetaria impide liberar a los humanos del yugo del trabajo degradante que nos esclaviza para poder sobrevivir y convierte a unos en sirvientes de otros.

El modo de tener es un modo superficial donde lo que importa es la apariencia, donde la actitud egoísta de los individuos hace que su máxima aspiración sea poseer cosas y no compartirlas. La generosidad sufre destierro porque supone desprendimiento. No se cambia ni de opinión porque al perderla parece que uno se vuelve más pobre. La meta en la vida consiste en acumular cosas continuamente siguiendo el principio “cuanto más tengo más soy”. Aunque en realidad resulta ser falso, ya que en el actual sistema económico el propio individuo es concebido como una cosa más, como una mercancía. Su valor es puramente mercantil ya que depende de lo que tiene (valor de cambio) no de lo que sabe y puede hacer (valor de uso). Es decir, que no basta la capacidad para acceder a un puesto de trabajo, tiene que existir demanda y competir con otras personas cuyo perfil se adapte a las exigencias del mercado de trabajo, donde la mayoría de trabajos suelen ser repetitivos.

La identidad (el yo) de la persona se apoya ante todo en su participación en la empresa o en la burocracia de la administración. Existe una pérdida de vínculos emocionales y las relaciones con los demás son muy débiles. Esto contribuye a la “crisis de identidad” de las personas en la sociedad actual y guarda relación con las elevadas cifras de consumo de fármacos antidepresivos y ansiolíticos. Con su progresiva transformación en cosas, las personas están cada vez más alienadas, enajenadas de su trabajo, de sí mismas, de otros seres humanos y de la naturaleza. Si para ganarnos la vida dependiésemos únicamente de lo que sabemos y de lo que somos capaces de hacer, nuestra estima estaría en proporción con nuestra capacidad.

Educar y vivir para tener cosas

Pero este modo de conducta cuyo objetivo es tener cosas surge del propio sistema capitalista y ya fue señalado por Goethe cuando dijo que el burgués no tiene derecho a la pregunta ¿qué es? sino sólo a la pregunta ¿qué tiene? El desarrollo de la sociedad ya no se determina por la pregunta ¿qué es bueno para los seres humanos?, sino por la pregunta ¿qué es bueno para el sistema capitalista? Hoy podemos observar que ya no es únicamente el burgués, sino el conjunto de las clases sociales las que parecen orientar su existencia en torno a la pregunta ¿qué tienes?

Aunque una actividad o un proceso no puede poseerse, sólo se puede realizar, el modo de tener está tan arraigado en nosotros que se ha extendido hasta en la forma de expresar lo inmaterial, pervirtiendo el idioma: en lugar de deseo algo decimos “tengo ganas de”, no decimos estoy preocupado sino “tengo una preocupación”, no decimos no puedo dormir” sino “tengo insomnio”, no decimos estoy sano sino “tengo buena salud”, etc. Pero no sólo se habla de salud y la enfermedad con espíritu de propiedad, hasta las actividades –que no pueden poseerse sino sólo realizarse– el modo de tener las convierte en posesiones, mientras el idioma chirría por el mal uso que se hace en una sociedad dirigida por ejecutivos indoctos de corbata.

Las normas y valores de esta sociedad moldean el carácter se sus miembros como comunidad. ¿Cual es el resultado? Que nuestro comportamiento es cada vez más egoísta y más hipócrita. Así lo expresaba Erich Fromm en ¿Tener o ser?:

«El egoísmo se relaciona no sólo con mi conducta, sino con mi carácter. Significa que lo deseo todo para mi; que poseer y no compartir me da placer; que debo ser avaro, porque mi meta es tener, y que más soy cuanto más tengo; que debo sentir antagonismo a todos mis semejantes (…). Nunca puedo quedar satisfecho, porque mis deseos no tienen límite; debo envidiar a los que tienen más y temer a los que tienen menos; pero debo reprimir estos sentimientos para presentarme (ante los otros y ante mí mismo) como el individuo sonriente, sincero, amable que todos simulan ser».

El problema es que la avaricia vuelve estúpida y egoísta a la gente que olvida que su principal interés debería ser su vida y la de su familia, junto a la vida en la comunidad. Sin embargo, preferimos anestesiar nuestras conciencias y voluntad de sobrevivir aparentando que somos felices comprando cosas. Este deseo de las personas exclusivamente preocupadas por tener y poseer cosas es enfermizo.

El principal interés de la sociedad actual no son las personas. Esta es una sociedad a la que principalmente le interesan las cosas. Empeñada en adquirir y acumular cosas la gente acaba convertida en un cesto andante. Al tener como meta de la vida el consumo ilimitado, vivimos sin caer en la cuenta que las cosas no se poseen, al contrario, se es poseído por ellas cuando no somos capaces de tenerles desapego. Y, al revés, las cosas nos benefician cuando somos capaces de desprendimiento, de actuar con generosidad, de compartir.

Las cosas que nos rodean y observamos, actúan ante la luz absorbiendo la mayor parte de los colores menos el que ofrecen a nuestros ojos que es reflejado. Por eso nos fijamos en el color que nos ofrece la rosa que nos atrae y no en el resto de colores que absorbe. De igual modo, a las personas deberíamos observarlas y valorarlas no por lo que poseen sino por lo que ofrecen y comparten. Sin embargo, vemos que ocurre lo contrario. Cada día aumenta el tamaño de la masa formada por individuos que conocen el precio de casi todas las cosas pero ignoran su valor. La paradoja está en que llamamos riqueza a lo que se puede perder: propiedades, dinero, acciones en bolsa,… y nos olvidamos de nuestra riqueza interior que es la única que permanece con nosotros. Olvidamos que lo importante no es lo que tenemos sino lo que damos, no es lo que compramos o podemos comprar, sino lo que construimos.

Jesús Agustín
Jesús Agustín

Es miembro de Vídeos Educa, donde comparte información y experiencias con todas aquellas personas que entienden la educación como una contribución al desarrollo de seres humanos libres. Trata de ayudar a desarrollar la habilidad y creatividad humanas, a conectar con nuestros talentos, aptitudes naturales e inclinaciones personales. Trata de ti (madre y padre, alumno y docente) y de temas que son importantes en nuestra vida, en la de nuestros hijos, amigos y vecinos, compañeros de trabajo y el planeta en el que vivimos.

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